martes, 30 de agosto de 2011

La siega de nuestra infancia

Un maraño, varias gavillas, algunas morenas

Nos estamos refiriendo a la siega, que traería después tantas ingratas labores, tan ingratas como éstas: segar, agavillar, amorenar.

Todo comienza en plena madrugada, con el lucero del alba presente aún, con el sol totalmente dormido y la luna trasnochando. Y allá tropezando una vez más, toda la familia, toda que cuantas más manos, mejor; tropezando y sin parar de hacerlo:
-los hombres siegan, llevando el mayor maraño posible.
-Las mujeres y los niños agavillamos.
-los citados anteriormente (mujeres y niños, amorenamos)

A veces, si sobraba tiempo, cuando los curtidos hombres finalizaban un maraño, volvían a coger otro ( había que llevarlos siempre en el mismo sentido) digo que volvían a coger otro, agavillando con la guadaña, lo cual era de agradecer. Agavillar era de lo más ingrato porque había que ir apoyando la gavilla (mayor que el manojo y menor que el haz) en un pierna a la vez que se caminaba, aguantando los secos cardos de diminutos e invisibles picos que se clavaban por doquier, con ayuda de la hoz sin saber nunca cuándo era suficiente para llevarla a la morena.

La morena era el montón donde se iban colocando las gavillas, con sumo cuidado, para que las cañas de la que coloco ahora, cubran las espigas de que se acaba de colocar. Éstas se iban situando hasta formar un círculo; al finalizar se aseguraban con unas piedras para que no las llevara el viento. Solíamos darnos prisa en finalizar la primera morena para conseguir una sombra que mantuviera refrigerado el almuerzo (chorizo, tortilla, queso o..., a veces, lomo o jamón)
Allí escondíamos la barrila para potenciar el frescor que le da el barro, porque el sol asoma con fuerza como lo hizo ayer y quizá también lo hará mañana. La barrila era objeto de museo, pues siempre había perdido algún elemento: el pico o pitorro, la boca grande o el asa. Estas tonterías se reparaban de un modo sencillo: para el asa, lo más frecuente, se colocaba una cuerda o un alambre, practicando dos pequeños agujeros, que hacían que te mojaras al beber. Hasta el domingo, en el mercado de la plaza, no se podía comprar otra.
Y una vez tenemos la primera morena hay que arrastrar, a ver a quién le toca porque a mí el rastro me dobla en altura, hay que llevar los dientes (garabitos) totalmente horizontales y pegaditos al suelo, no ha de quedar ni una sola paja, pero siempre se clavan en el suelo, cuando ya has cogido el impulso para avanzar y te vuelves ...frenazo inesperado, vuelta a colocar el enorme rastro que pesa......esto sí que es hacer ejercicio físico y al aire libre, no hablemos de soltar lo arrastrado en la propia morena, no hay manera de dejarlo, como que está pegado, prefiero respigar, que si no puede quedar una sola paja, qué diremos de dejar una espiga?

Ahora había que espabilarse para acarrearlo porque si llovía mientras, se añadían duras labores para secar la mies: abrir morenas. Aunque esta siega que he referido hoy ocurrió en la Campaza y no llovió.

Siento una envidia de los paquetes que dejan hoy las cosechadoras, sólo de pensar qué buena sombra hubieran dado a nuestro almuerzo y a nuestras barrilas.

Continuará, si alguien lo desea con desbalagar, entornar la trilla, atroparla, limpiar (alimpiar, acaso?) Ahí quedan ideas.

Agosto del 2011

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